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Te recomendamos que le asista un veterinario. ¡Llámanos! Porque si es un veterinario a domicilio, mejor. La inmediatez jugará a su favor. Por eso puedes tomar estas medidas en el mismo lugar donde le ha picado:
1. Lávale evitando que trague los pelos, es decir, hazlo de manera que éstos puedan soltarse hacia el exterior.
2. No frotes.
3. Si es posible, hazlo con suero fisiológico. En los periodos de más riesgo, puedes llevarlo en su bolsa de paseo.
4. Llámanos por si necesita un tratamiento de urgencia.
5. Si vives en zonas de riesgo, considera tener en el botiquín un medicamento para detener la reacción.
La oruga procesionaria del pino puede causar reacciones leves en la piel. En algunas personas alérgicas, podría ocasionar una anafilaxia. En el caso de las mascotas las consecuencias son más graves ya que los pelos de la oruga actúan como dardos envenenados que, en el peor de los casos, podrían provocar la muerte por asfixia. Es justamente en primavera cuando hay que estar más atentos para evitar accidentes indeseables.
La procesionaria, Thaumetopoea pityocampa, es una oruga que sin duda conocerás. Se encuentra en parques, zonas rurales y bosques donde hay pinos y cedros. Se llama procesionaria porque cuando los lepidópteros rompen su bolsón en el que anidan, bajan o caen al suelo para enterrarse, completar su metamorfosis y convertirse en mariposa, formando un desfile que se desliza como una procesión.
En la actualidad, la procesionaria constituye una plaga en los países mediterráneos y se está expandiendo hacia el norte por el calentamiento global. Es más, si antes se trataba de una oruga típica de las zonas costeras y cálidas, hoy también está invadiendo los bosques de los Pirineos.
Estas orugas poseen unos pelos urticantes muy pequeños que se desprenden con gran facilidad de su cuerpo. Son los causantes de la reacción adversa que provocan. Los síntomas suelen ser instántenos y, en general, remiten en pocos días. Consisten en ronchas rojas, inflamación y mucho picor. También pueden producir problemas oculares, bronquiales y, en casos extremos, anafilaxia severa en aquellas personas que sufren alergia mediada por anticuerpos IgE.
Las orugas suelen andar por el suelo los meses de febrero, marzo y abril (dependiendo de la zona en la que se encuentra. Por ejemplo, en las más frías, puede retrasarse) por eso se recomienda evitar las áreas en las que se puedan encontrar y prestar atención a los niños y mascotas, ya que son los grupos de población más susceptibles de tocar, por accidente, la oruga y sufrir una reacción. También se recomienda no ponerse bajo los nidos, intentar romperlos, ni siquiera tocar los árboles donde están, puesto que en los troncos podrían quedar restos de pelos y producir la urticaria.
La procesionaria es especialmente peligrosa para los animales de compañía. Cuando la olisquean, la oruga se defiende lanzando sus pelitos que actúan como dardos envenenados y se adhieren a las zonas de la piel más desprotegidas como la boca, la lengua, la trufa o los ojos. El problema no solo es el dolor y picor que produce, también puede necrosar (muerte del tejido) la lengua y, si la infección llega hasta la laringe, provocar la muerte por asfixia.
Para saber si tu mascota ha estado en contacto con una oruga, debes observar su comportamiento. El animal que ha estado en contacto con la oruga, debido a la irritación que produce el contacto con los pelos que desprenden, se encuentra nervioso con constantes degluciones, se toca la boca con las patas e hipersaliva. En pocos minutos se ve inflamación y necrosis de la lengua y puede tener vómitos si llega a tragársela. Tampoco es muy normal que se trague por la irritación que le provocan los pelos de la oruga, ya que estos hacen que la suelten una vez la haya chupado o mordido.
Es muy importante que actúes de inmediato y hables con un veterinario para que asista a tu mascota. Si se deja progresar, pueden sufrir disnea (falta de respiración), edema laríngeo (inflamación), sobre todo por ingestión, hipertermia (aumento de la temperatura), convulsiones, respuesta inflamatoria sistémica, incluso coagulación intravascular diseminada y consecuente muerte. Las lesiones locales tienden a evolucionar hacia la necrosis, con posibilidad de pérdida de tejido.